miércoles 12 de agosto de 2009

La formula secreta de la crispación (I)

La velocidad que imprime a los acontecimientos la era de Internet hace que no sea fácil mantener la perspectiva estratégica de la vida política. Esto lo sabemos muy bien los periodistas. Hay que tener una visión amplia de la historia reciente y una inteligencia que permita relacionar la información que se va acumulando en el sustrato profesional del cerebro donde anidan los comportamientos predominantes y los acontecimientos que marcan pautas de futuro.

Siguiendo la trayectoria del Partido Popular desde la llegada de José María Aznar a la presidencia del partido hay conductas reincidentes, dependencias constantes y estrategias condicionadas. Pero lo que no se desplaza un milímetro es la alianza estable y profunda de la prensa más conservadora con el Partido Popular en una relación de ida y vuelta en la que muchas veces son algunos significados y supuestos periodistas quienes marcan la agenda del PP. Y si en algún momento la derecha intenta renovarse, como ocurrió en el congreso de Valencia, la guerra mediática se encarniza con el atrevido que quiere una formulación de centro. Las consecuencias de ese intento de autonomía, sabe muy bien Mariano Rajoy como se paga en las ondas de la Cope y en las páginas deEl Mundo. La prueba es que Rajoy ha vuelto al redil del que no le perdonaron que saliera.

En el puesto de mando de la extrema derecha del periodismo español está Pedro J. Ramírez, que en ocasiones disfraza su ideología reaccionaria con golpes de efecto y con actitudes que pretenden sustentar supuestas posiciones progresistas. Su doble moral le permite defender una posición y la contraria hasta que las cosas se arriman a sus intereses, en cuyo sustrato está un inmensa fortuna amasada a la sombra de todas las conspiraciones en las que lleva participando hace treinta años. Lo único que le salió mal fue la creación de un imperio mediático a la medida de Prisa cuando en Telefónica estaba el amigo de Aznar, Juan Villalonga, que compró Antena 3 Televisión después de una campaña de coacciones del Gobierno contra Antonio Asensio. Pedro J. estaba llamado a ser el emperador del nuevo grupo mediático que tenía una potente televisión, una cadena de radio y periódicos. Ese proyecto se vino abajo cuando se conoció el vídeo de Exuperancia del que a pesar de salir relativamente indemne el director de El Mundo, con la pretensión increíble de que había sido narcotizado en lo que eran sus prácticas cotidianas, fue suficiente para dinamitar el proyecto multimedia.

Esa circunstancia no ha impedido que Pedro J. siga siempre incansablemente vinculado a cuantas operaciones políticas aparecen el horizonte que le puedan reforzar en el papel de muñidor de sus propios intereses en las cercanías del poder. El propio José Luis Rodríguez Zapatero, guiado por sus asesores de cabecera, -en primer lugar Miguel Barroso, que sigue los pasos de Miguel Ángel Rodríguez, ha acabado colocado ahora al frente de una multinacional de la comunicación y la publicidad- urdieron una alianza con el director de El Mundo con la ingenua pretensión de que acabado el felipismo podría haber un entendimiento del PSOE con quien había sido su mayor enemigo. Aparte de conseguir colocar a algunos familiares en el periódico de Pedro J., la pretendida alianza duró lo que dura caramelo en un colegio. Pedro J. logró entronizarse en televisión española, logro una recuperación de supuesta honorabilidad por el trato que le dio el presidente del Gobierno en la anterior legislatura y sigue siendo el enemigo número de la izquierda española en clara convivencia con el líder mediático de la ultraderecha en las ondas, Federico Jiménez Losantos. Todavía José Luis Rodríguez Zapatero no ha digerido ese inmenso error de su estrategia de comunicación legitimando a El Mundo que estaba en la pendiente del descrédito por toda su trayectoria y por la teoría de la conspiración del 11-M.

No hace falta ser un estudioso de la prensa española para saber que en toda la Europa occidental no hay comportamientos como los que en España tienen estos periodistas y algunos más de una nómina de ultras que están en plena campaña contra el Gobierno en toda ocasión. Esa es la primera circunstancia que impulsa y al mismo tiempo permite que el PP tenga posiciones antisistema que serían impensables sin un altavoz mediático que a modo de lavado de cerebro consigue aglutinar a la derecha dura alrededor de proyectos en los que la crispación es la metodología política con la que se aspira a llegar al poder.

No importa el rigor. No se sienten vinculados a tener que demostrar ninguna tesis. Soltar cosas que no sean ciertas, repetirlas con una disciplina germánica, y no tener vergüenza para que la evidencia desmonte la pretensión son las condiciones de que se puedan sostener conductas que la razón no soporta (Continuará).

CARLOS CARNICERO

13/08/2009


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